LAS UTOPÍAS


LA VIVENCIA DEL OPTIMISMO
Los utopistas tendieron a ser optimistas antaño, mas ya dejaron de serlo. Las sociedades pasadas permitían esperanzar en mañanas mejores y los soñadores se esforzaban en describir mundos que cancelaran de la faz de la tierra un presente de injusticia, de desigualdad y de miseria.
Martín Buber se refiere a la “imagen del deseo” para explicar este impulso. Imagen que unos buscan hacia el pasado, en la añorada edad de oro perdida en el atrás, impugnada por Saint Simón: “La edad de oro que una tradición ciega ha puesto, hasta hoy, en el pasado, que se halla en el futuro”, pero que la inmensa mayoría trata de descubrir en el mañana.
Este mañana se perfila cada día menos provisor y es por ello que la imaginación de los escritores y sociólogos se oscurece siempre más desde el día, hace ya de ello cuatro décadas, en que Orwell afirmara, en su 1984, que una utopía no tenía que ser, necesariamente, una “imagen de deseo” y sí una angustia constante por un futuro de horror que cada día tiende a ser más inevitable y que refleja el exterminio de la humanidad como finalidad última.
El hombre, sin embargo, se inclina hacia el optimismo porque es un sentimiento adherido al instinto de conservación con más ahínco que el pesimismo. De ahí que la utopía tiende más a reflejar sociedades perfeccionadas que sociedades que se autodestruyan.
Siempre debería haber, pues, el constructor de utopías, en la lectura de las cuales nos refugiaremos más de una vez deseos de acompañar al visionario en la búsqueda de la sociedad ideal, rebasando el vivir cotidiano actual y concibiendo regímenes donde los hombres vivan en armonía.
Platón está entre los primeros. Sus obras La República y Las Leyes, son regímenes políticos de utopía donde todas las actividades humanas están previstas y, también, reglamentadas por añoranza, quizás, de aquellas leyes de Licurgo que hicieran de Esparta un Estado sin cupo para lo imprevisto.
Aristóteles, en cambio, considera que Esparta fue un pueblo inútil para la ciencia, para la paz, para el progreso y para la civilización.
Empero, y a pesar de todos los resabios arquistas, Platón sugiere ya soluciones que son dignas de tener en cuenta. Así vemos como en La República afirma que “Un estado en el cual existan dos clases no es un Estado; forma dos estados. Los pobres constituyen el primero y los ricos el segundo; ambos viven juntos pero espiándose recíprocamente y sin cesar…”
“Ahora bien -dice en otra parte- toda esa juventud con habitación y mesas comunes, y no poseyendo nada particularmente, estará siempre reunida…” y veremos más adelante, siempre en el libro V, que insiste sobre la comunidad de las cosas: “Y por lo tanto, la cizaña y los pleitos no se producirán por decirlo así en un Estado en el cual nadie tendrá nada suyo propio, excepto su cuerpo, y en donde todo será tenido en común”.
En Las Leyes insiste de nuevo sobre el tema de la abolición de la propiedad privada: “Donde quiera que esto se realice no debe realizarse, es necesario que las riquezas sean comunes a todos los ciudadanos y que se haga el máximo de esfuerzo en desarraigar del comercio de la vida hasta el nombre mismo de la propiedad…”
Otro utopista lo es San Agustín, que en el año 426 inicia su Ciudad de Dios que tardará diez años en terminar. Serán 22 libros dedicados a demostrar la pugna de las ciudades, una volcada a Dios y la otra a Satán con la obtención de la eterna felicidad por la primera y los suplicios eternos para la segunda.
Los proyectos de sociedad, sin embargo, despuntan sólo modestamente a lo largo de la historia y de la literatura hasta que el descubrimiento de América viene a inflamar los ánimos de los europeos que encuentran, a través de las narraciones de los navegantes, lugares concretos donde poder implantar los regímenes que sus cerebros imaginativos crean.
Américo Vespucio habla en Mundus Novas de “Pueblos que viven con arreglo a la naturaleza y mejor los llamaríamos epicúreos que estoicos… No tienen propiedad alguna sino que todas son comunes”, “Viven sin rey y sin ninguna clase de soberanía y cada uno es su propio dueño”.
El primero en inflamarse es Tomás Moro; el primero, también, en introducir la palabra Utopía. (Consejero de Enrique VIII, poeta, filósofo, teólogo, humanista y, por haber manifestado desacuerdo en que Enrique VIII asumiera la máxima jerarquía de la iglesia anglicana, mártir, ya que fue decapitado en 1535), Tomás Moro se vale de la gran zanja oceánica como de un puente de transición que aproxime visión y realidad y nos ofrece su Utopía que la narra el compañero imaginario de Américo Vespucio, Rafael Hitlodeo.
Más tarde, a medida que las naves irán domesticando el océano, el libro de Moro alcanzará América y “Utopía” se convertirá en libro de cabecera del gran benefactor Don Vasco de Quiroga: “El joven investigador mexicano Silvio Zavala, en su estudio La Utopía de Tomás Moro en la Nueva España (1937), ha llamado por primera vez la atención sobre un hecho que, a mi entender, reviste extraordinaria importancia: la influencia de la Utopía de Moro en los “hospitales” fundados por Don Vasco de Quiroga. Ha llamado la atención y ha puesto en evidencia documental el alcance de estas influencias. Para cualquiera que conozca las diversas interpretaciones, sin que falten las banales, que ha recibido el “utopismo” de Moro, este estudio de Zavala aporta un dato significativo: que la Utopía de Tomás Moro ha sido, además de la primera, la primera también que, con anticipación de siglos, es ensayada en la práctica y en el suelo de América”.
Eugenio Imaz, en la introducción de Utopías del Renacimiento, pág. XV. Fondo de Cultura Económica. México, 1956.
La utopía dejaba de serlo para convertirse en realidad. América surte los materiales para que Moro la edifique, y América, a través de los indios tarascos del Michoacán, la acoge de nuevo, ya transformada y en condiciones de aplicación.
La parte más interesante de Utopía se halla en el libro segundo de la obra, donde Rafael Hitlodeo narra cómo es el sistema social de la isla de los Utópicos que mide doscientas millas en su parte central, que es la más ancha; durante un gran trecho no disminuye su latitud, pero luego se estrecha paulatinamente y por ambos lados hacia los extremos. Estos como trazados a compás de un perímetro de quince millas, dan a la totalidad de la isla el aspecto de una luna en creciente.
La isla está compuesta de 54 ciudades, y su capital es Amauroto en la que anualmente tres delegados de edad y de experiencia, representando a cada ciudad, se reúnen para tratar los asuntos comunes a la isla.
Todos los habitantes tienen la obligación de conocer los trabajos agrícolas y se establece un servicio de rotación de dos años a fin de que todas las familias pasen por experiencia campesina. Los magistrados son nombrados por las propias familias y llevan el nombre de Sifogrante. El día lo dividen en 24 horas y dedican sólo seis al trabajo.
“Al llegar aquí hay algo que debemos examinar más detenidamente, a fin de evitar cualquier error. Se podría pensar, en efecto, que, como los Utópicos sólo trabajan seis horas, llegarían a escasear entre ellos algunas cosas indispensables. Pero lejos de ocurrir así, no sólo les basta dicho tiempo, sino que aún les sobra para conseguir con creces cuanto requieren sus necesidades y su bienestar. Esto se hará fácilmente comprensible si se considera cuán gran parte del pueblo vive inactiva en otras naciones; en primer lugar casi todas las mujeres, o sea la mitad de la población, pues si en alguna parte trabajan es porque los hombres descansan en su lugar la mayoría las veces. Añádase esa multitud, tan grande como ociosa, de los sacerdotes y de los llamados religiosos. Únanse a éstos los ricos propietarios de las tierras, denominados vulgarmente nobles y caballeros. Súmenseles sus servidores, famosa mezcolanza de truhanes armados. Agréguese finalmente los mendigos sanos y robustos que, para justificar su holgazanería, fingen alguna enfermedad y resultará que el número de los que producen con su esfuerzo lo necesario para la vida humana es mucho menor de lo que se cree. Considérese además el exiguo contingente de hombres ocupados en trabajos útiles, porque, donde todo se mide por el dinero, es inevitable la existencia de profesiones que no son necesidad en absoluto, vanas y superfluas, destinadas sólo a fomentar el lujo y el placer”.
El abastecimiento también presenta algo nuevo: Cada ciudad se divide en cuatro zonas en cuyo centro existe un mercado provisto de todo. Las familias llevan a ciertos edificios situados en el mercado mismo los productos de su trabajo, los cuales, según su clase, se distribuyen en distintos almacenes. Los cabeza de familia piden en ellos lo que necesitan y se lo llevan sin entregar dinero ni otra compensación. ¿Cómo había de negárseles cosa alguna si todo abunda y no se receta que nadie solicite más de lo necesario? ¿A qué pensar que alguno pida cosas superfluas estando seguro de que nada ha de faltarle? La codicia y la rapacidad son fruto, en los demás seres vivientes, del temor a las privaciones y en el hombre exclusivamente de la soberbia, que lleva a gloria superar a los demás con la ostentación de lo superfluo.
Son pacíficos y “abominan la guerra como de cosa totalmente bestial, aunque ningún animal la ejercita tanto como el hombre”. En religión existe la más completa libertad de cultos: Diversas son las religiones, así en la isla como en cada ciudad. Unos adoran al sol, otros a la luna y otros a alguna estrella errante. Hay quienes consideran, no sólo como a un dios sino al supremo dios, a algún hombre que se haya destacado en otro tiempo por su gloria o sus virtudes. Pero la mayor y más discreta parte de Utopía no admite ninguna de estas creencias y reconoce una especie de número único, desconocido, eterno, inmenso e inexplicable, que excede a la capacidad de la mente humana, y se difunde por el mundo entero llenándolo, no con su grandeza, sino con su virtud.
La época, empero, obliga a Tomás Moro a incurrir en algo que la posteridad tendrá que censurarle: En la isla de los utópicos existe la esclavitud.
Moro ha realizado un esfuerzo inaudito que nos sorprende a cuantos tratarnos de situarnos en aquel comienzo del siglo XVI.5 Los principios democráticos de los insulares; la visión del papel que juega el parasitismo en la sociedad; el sistema del libre reparto, sin coacción ni tasa, debido a la abundancia de los productos; la ausencia del dinero; la condenación de la guerra; la abolición de la propiedad privada, todo ello puede ser fruto solamente de una imaginación privilegiada con propiedades proféticas casi. La mácula de la esclavitud nos llama a la realidad para demostrarnos que Moro no se había sacudido totalmente el peso ambiental que hubiera permitido, si lo consigue, hacer de la Utopía un programa social apto aún para nuestra época.
Sin embargo, el vocablo estaba lanzado y tenía que hacer una carrera brillante a pesar del acento peyorativo que refleja el léxico marxista cuando lo emplea.
Con el Renacimiento se soñó también en regresar a las Arcadias. Antón Francesco Doni escribe su II modo pavio e il mondo pazo, Manbrin Rosco vierte sobre las cuartillas Elogio de Garamanti, Francesco Patrizi nos brinda La Cita Felice, Ludovico Agostini prueba con Structura e spiriti de la república inmaginaria, Matteo Buonamico con L’Isola di Narsida.
En 1544 Sebastian Münster escribe su Kosmographey y describe los habitantes de las “nuevas islas”: “donde se vive libre de toda autoridad, donde no se conoce lo justo y lo injusto, donde no se castiga a los malhechores, donde los padres no dominan a sus hijos. No hay ley, libertad completa en las relaciones sexuales. Ni un solo atisbo de Dios, ni de un bautismo, ni de culto”.
Contemporáneo de Münster fue Francisco Rabelais, quien esboza en su Gargantúa una sociedad libre que ha sido continuamente citada por los anarquistas modernos. La Hermita de Theleme descrita por Rabelais es la manifestación más completa de ausencia de autoridad que escritor alguno hiciera hasta aquel momento. La leyendo del frontispicio: “Fay ce que veux” (Haz lo que quieras) sugiera ya la intención de los moradores: “Toda su vida estaba empleada, no por leyes, estatutos o reglas, sino por su querer y libre arbitrio. Se levantaban cuando bien les parecía, bebían, comían, trabajaban, dormían cuando el deseo lo reclamaba…”. Su regla no era otra que esta cláusula: “Haz lo que quieras”, porque gente libre, bien nacida, bien instruida, conversando en compañías honestas, tiene por naturaleza un instinto y un aguijón que siempre los pulsa hacia los hechos virtuosos y los preserva del vicio. Nos hallamos, a pesar de los muchos siglos que nos distancian de los estoicos, de nuevo frente a la coacción moral que el anarquismo quiere implantar en detrimento de los códigos civiles.
En 1623, Tomaso Campanella publica, en latín, su Civitas Solis (La Ciudad del Sol) en la que concibe un comunismo teocrático cuya inspiración según Benedetto Croce en su Intorno al Communismo di Tommaso Campanella, es “la religión natural, o, lo que es idéntico, al cristianismo despojado de todos los abusos”.
La ciudad está bajo el mando de Hoh, el sacerdote supremo y sus tres adjuntos Pon (Poder), Sin (Sabiduría) y Mor (Amor), a cada uno de los cuales incumbe todo lo relacionado a la buena marcha de la ciudad. La vida en común la describe el Almirante en su diálogo con el Gran Maestre: “Son comunes las casas, los dormitorios, los lechos y todas las demás cosas necesarias… Las artes mecánicas y especulativas son comunes a hombres y mujeres. Hay sin embargo, la diferencia de que los ejercicios más pesados y que exigen caminar (Como arar, sembrar, recoger los frutos, trabajar en la era y en la vendimia, etc.) son ejecutados por los varones…”, “Ellas -las mujeres- hacen también la comida y preparan la mesa, pero al servir la comida es obligación peculiar de los niños…”, “…cada cual tiene lo necesario y además todo aquello que contribuye a hacer grata la vida”.
Entre los habitantes de la Ciudad del Sol no hay la fea costumbre de tener siervos, pues se bastan y sobran a sí mismos. Por desgracia no ocurre lo mismo entre nosotros. En cambio, como en la Ciudad del Sol las funciones y servicios se distribuyen a todos por igual, ninguno tiene que trabajar más que cuatro horas al día, pudiendo dedicar el resto del tiempo al estudio grato, a la discusión, a la lectura, a la narración, a la escritura, al paseo y a alegres ejercicios mentales y físicos. Allí no se permiten los juegos que, como los dados y otros semejantes, han de realizarse estando sentados. Juegan a la pelota, a los bolos, a la rueda, a la carrera, al arco, al arcabuz, etc. Opinan que la pobreza extrema convierte los hombres en viles, astutos, engañosos, ladrones, intrigantes, vagabundos, embusteros, testigos falsos, etc., y que la riqueza los hace insolentes, soberbios, ignorantes, traidores, petulantes, falsificadores, jactanciosos, egoístas, provocadores, etc. Por el contrario, la comunidad hace a todos los hombres ricos y pobres a un tiempo: ricos porque todo lo tienen; pobres, porque nada poseen y al mismo tiempo no sirven a las cosas, sino que las cosas les obedecen a ellos. Y en esto alaban profundamente a los religiosos cristianos, especialmente la vida de los Apóstoles.
Tomás Moro: Utopía (Utopías del Renacimiento). Pág. 40 y siguientes. FCE, 1956.
La primera edición de Utopía aparece en 1516, en latín.
El capítulo de El Manifiesto Comunista de Marx y Engels titulado “El socialismo y comunismo crítico-utópico” va dedicado a cuantos no participan del cientificismo marxista, que también son llamados socialistas burgueses. Carlo Curcio: Utopisti Italiani del Cincocento. Colombo, Roma, 1944.
Cuatro años más tarde, en 1627, Francis Bacón hacía su aportación a la literatura de las utopías y publicada New Atlantis (Nueva Atlántida) que describe la ciudad de Bensalén abarrotada de sabios dedicados a la búsqueda científica y basando su vida en un ideal de convivencia ético-político.
Otro sajón volcado a la visión futurista lo fue James Harrington, que en 1656 escribe su Oceana, obra que ha ejercido cierta influencia en el pensamiento social del Nuevo Mundo. Encierra un tratado, uno de los primeros, en el que pone de relieve que la libertad política está condicionada a la económica. La sociedad por Harrington concebida se base en treinta mandamientos que regulan la vida de los ciudadanos. Descolla, entre otras, la tesis de que la propiedad, en particular modo la de la tierra, es la base del poder político. Temeroso de la influencia nefasta que ejerce el poder entre los hombres, considera que el mismo debe ser controlado el menor tiempo posible por los mismos hombres.
En el mismo siglo y faltando ya muy poco para alcanzar el de la Revolución Francesa, en 1699 exactamente, aparece el célebre Telémaco, de Fenelón, en el que se describen regímenes de sociedades antiguas y primitivas y diferentes a los conocidos en Europa.
Es cuando la humanidad irrumpe en el siglo XVIII, que tan profundamente conmovió los cimientos político-sociales de la sociedad.
El valor renovador y revolucionario de las utopías queda patente cuando nos fijamos en la suerte que la mayoría de los creadores sufrieron.
Tomás Moro muere decapitado el 6 de julio de 1553. Campanella permanece 27 años encerrado. Bacón también se ve encarcelado en la Torre de Londres. Harrington se vio prohibida la publicación de su Oceana por Cromwell y, más tarde, Carlos II lo encerrará en la Torre de Londres también. El Telémaco hace que Fanelón caiga en desgracia frente a Luis XIV.
Tomaso Campanella: La Ciudad del Sol (Utopías del Renacimiento). Pág. 107 y siguientes. FCE, 1956.
Las utopías traían semillas de rebelión escondidas tras los fondos risueños e inocentes, al parecer de sus descripciones de sociedades mejores y más justas.
El siglo XVII no lo podemos dejar sin citar también a Denis Veiras, el autor de L’Histoire des Sevarambes (1677) partidario del comunismo y “verdadero padre de la fórmula social de los «tres ochos»” según Maurice Dommaget,9 quien establece que todos los ciudadanos Sevarambes deben contribuir al bienestar general por la obligación de un trabajo útil y moderado:
Así la vida se pasa con mucha dulzura -dirá Veiras-, los cuerpos son ejercitados por un trabajo mediano, y no se desgastan por una inmoderada fatiga. Los espíritus están agradablemente ocupados por un ejercicio razonable sin hallarse abrumados por los ciudadanos, los disgustos y las inquietudes. Las diversiones y los placeres que suceden al trabajo recrean y reaniman el cuerpo y el espíritu, y en seguida, el reposo los refresca y alivia. Estando así los hombres ocupados en el bien, no tienen tiempo de pensar en el mal y no caen así en los vicios a que los llevaría la ociosidad, sino la rechazarán por medio de las ocupaciones honestas.
En el siglo XVIII y en el período que va desde el año 1700 hasta la Revolución Francesa, la literatura de las utopías se enriquece con nuevas aportaciones a cargo de Bernardin de Saint Pierre con sus bucólicas Paul et Virginie y Chaumiere Indienne; de Daniel Defoe con su popular Robinson Crusoe; de Denis Diderot con su Supplement aun Voyage de Bougainville, en el que narra un viaje imaginario a la isla de Tahití donde todos viven en comunidad y no existe lo mío ni lo tuyo hasta que llega Bougainville y deposita la manzana de la discordia de la civilización.
Naturalmente, el espíritu más descollante de la época y el que más influenció a los escritores del período prerrevolucionario, fue sin lugar a dudas, Juan Jacobo Rousseau, y entre sus numerosas obras la que más cuña introdujo en el ánimo de los utopistas fue su Discurso sobre el origen de la desigualdad y, en menor grado, El contrato social y Emilio. Su polifacetismo ofrece pasto para todas las tendencias, pero escapa de cualquier etiqueta que pudiéramos tratar de colgarle. Un motivo permanente de Rousseau, el antagonismo entre civilización y naturaleza, es interpretado muy diferentemente según el temperamento que lo estudia. Hay un paralelo entre él y los chinos Confucio y Mencio en lo que hace referencia el origen bondadoso del hombre, que la sociedad corrompe. Desde el momento en que se franquea el umbral de esta última el “contrato social” se impone, coincidiendo así, a pesar de partir de dos puntos bien opuestos, con Hobbes.
A los utopistas, si nos ceñimos al tema, les atraen estas loas a la naturaleza y la insistencia de Juan Jacobo en dar el máximo de espontaneidad a la educación de la infancia.
En el mismo año que aparecía el Discours sur l’origine de l’inegalité parmi les hommes (1755), Morelly publicaba su Le Code de la Nature (Código de la Naturaleza) que por mucho tiempo fue atribuido a Diderot, el libro lleva un subtítulo: “El verdadero espíritu de las leyes” y en su preámbulo ya advierte que “para comprenderme debes renunciar a todos los prejuicios por queridos que sean; deja por un instante que caiga este velo y te darás cuenta con horror de la fuente y el origen de todos los males, de todos los delitos, justo allí donde se pretende alcanzar la sabiduría. Verás entonces, las enseñanzas más bellas y más simples de la Naturaleza contradichas por la moral y la política vulgar”.
Morelly se manifiesta enemigo de la propiedad, fuente de todos los vicios y todas las maldades. Los hombres son grandes en proporción del esfuerzo que hacen para ser mejores. La pereza y la inactividad son los verdaderos males y crímenes del hombre.
Maurice Dommaget: Historia del Primero de Mayo. Pág. 14. Americalee. Buenos Aires, 1956.
La sociedad, por estar basada en la propiedad privada, no puede desembocar a otro punto que al actual de injusticia y desigualdad social. Más concentrada se halle la propiedad en manos de los menos, más sufrimientos aquejarán a la sociedad. Aquellas sociedades que más felicidad reunían fueron aquellas donde no existía la propiedad o en muy poca escala, o aun, en donde no estaba fuertemente establecida.
Establece, inclusive, un reglamento con riguroso orden numérico como hemos visto en algunos de los utopistas del siglo anterior:
Art. I. En la sociedad nada pertenecerá singularmente en propiedad a nadie a excepción de aquello que sea de uso efectivo para las necesidades y los placeres personales y, también para el trabajo cotidiano.
Art. II. Todo ciudadano será persona pública, alimentada, mantenida y ocupada mediante dispensa pública.
Art. III. Todo ciudadano contribuirá, por parte suya, a la pública utilidad y según sus propias fuerzas, su talento y su edad. Es sobre estas bases que se regularán sus deberes en conformidad con las leyes distribuidoras.
Estima necesario constituir la autoridad a base de pequeñas instituciones a fin de evitar las tiranías y facilitar, al mismo tiempo, el ejercicio administrativo a todos los ciudadanos.
Cree necesario aplicar una rudeza máxima a los criminales:
Todo ciudadano que sea desnaturalizado al extremo de matar o de herir mortalmente a alguien; que pruebe tramando o de otra manera, de abolir las leyes sagradas para introducir el detestable principio de la propiedad, una vez sea reconocido culpable y juzgado por el Senado supremo será encerrado por toda la vida como loco furioso y enemigo de la humanidad…
De su Código de la Naturaleza despuntan varios principios que Ugo Fedeli sintetiza así:
Primeramente y antes que todo la idea que la base principal de toda sociedad es el trabajo, que todos deben trabajar, cada uno según sus propias capacidades y aptitudes.
“Cada uno trabajará cuanto y como pueda y todos comerán de acuerdo a sus necesidades”.
Para agilizar el intercambio la república estará abastecida de grandes almacenes que desempeñarán la función del reparto de los productos, y donde cada productor podrá ir a retirar todo lo que pueda servirle, a él y a su familia.
Es precisamente en esta concesión de la producción y la repartición donde nosotros encontramos los primeros elementos que hacen a Morelly un precursor del socialismo.10
Dos obras utópicas más, de la época, lo fueron Los diálogos de Foción, de Gabriel Mably y El año 2440, de Mercier.
Llegó 1789. El dique contenedor de las iras populares no pudo aguantar más tiempo. Los enciclopedistas habían minado las bases de la monarquía absoluta y los humildes decidieron escribir una de las mejores páginas de la historia de las revoluciones.
Ugo Fedeli: Un Viaggio Alle Isole Utopia. Pág. 58. Quaderni del Centro Culturale Olivetti. Ivrea, 1958.
La utopía trataba de hacerse realidad en el acto quemando etapas. Se trató de poner fin a la desigualdad entre los hombres tomando las prédicas de Rousseau como mira; se quiso terminar con las religiones como establecía Voltaire. Violentamente se había desparramado fuera de madre el pueblo francés al romper el dique que lo contuviera durante siglos. El 9 de Terminador lo forzó de nuevo a volver a su cauce y siguieron los veinte años napoleónicos que la historia aprovechó para desparramar por toda Europa la trilogía de la Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Las utopías que siguieron trataban de apoyarse en andamiajes menos empíricos en los que el deseo de una sociedad mejor pisara terrenos más firmes que los lejanos países de Utopía, Oceana, Civitas Solis, New Atlantis y Theleme.
Habían deseos fervientes de no dejar para las generaciones futuras los proyectos de las nuevas sociedades y se trabajaba teniendo en cuenta el material humano existente, con sus defectos y sus taras, descartando los seráficos personajes que Tomás Moro, Campanella, Bacón, Rabelais y Harrington utilizaban para sus concepciones.
Rousseau, Morelly, Mably, Diderot lo habían dicho: el hombre no es malo, sino la sociedad. Bastaba pues, modificar la sociedad, hacerla justa y buena, para que el hombre fuera a su vez, justos y bueno también. En realidad las utopías pasaban a ser verdaderos programas sociales, empezando por el de Juan Bautista Say, que publica en 1800 Olbie, ou essai sur les moyens de réformer los moeurs d’une nation (Olbie, o ensayo sobre los medios de reformar las costumbres de una nación). Sigue en cronología e importancia Saint Simon, quien en 1814, junto con su discípulo A. Thierry, publica De la Réorganisation de la Societé Européenne (Reoganización de la Sociedad Europea) y en 1825 Le Nouveau Christianisme (Nuevo Cristianismo), cuyo desarrollo provoca la ruptura definitiva entre Saint Simon y Augusto Comte. Su enunciado es: “Toda la sociedad debe esforzarse hacia el mejoramiento de la existencia moral y física de la clase más pobre; la sociedad debe organizarse en la mejor manera posible para alcanzar este objetivo”.
Contemporáneo a Saint Simon aparece Francisco Carlos María Fourier. Contemporáneo y adversario al mismo tiempo, llegando inclusive a enfilarle sus iras en una obra que titula: Pieges et charlatanisme de sectes Saint Simon et Owen (Trampas y charlatanismo de las sectas de Saint Simon y Owen). Sus proyectos falansteristas son para realización inmediata y, como la mayoría de los programizadores, establece todo cuanto puede afectar al Falansterio desde el primer momento. En su Traité de l’Unité Universelle (1821) nos narra su unidad social, el Falansterio:
Es necesario, para una asociación de 1,500 a 1,600 personas, un terreno conteniendo una buena legua cuadrada, es decir una superficie de seis millones de toesas cuadradas.
Que el lugar esté provisto de una buena corriente de agua, cortado de colinas y propio al cultivo variado; que esté junto a un bosque y poco alejado de una gran ciudad, pero lo bastante para evitar a los inoportunos.
La falange de ensayo, estando sola y sin apoyo de los falanges vecinales, tendrá como consecuencia de este aislamiento, tantas lagunas de atracción, tantas calmas pasionales a tener entre sus integrantes que será necesario proporcionarle el auxilio de un buen local.
Chappuis había presentado, por ejemplo, en la Asamblea Constituyente, un proyecto de comunidades colectivas muy parecido a los de Fourier presentaría más tarde como “falansterio”. Mejor suerte relativamente hablando, tuvo Babeuf y sus compañeros con el Manifiesto de los Iguales y su proyecto de comunismo, sobre el que tendremos que insistir cuando citemos a Sylvain Marechal, autor intelectual del manifiesto apropiado a las variedades de sus funciones. Un lugar llano sería inconveniente. Habría que buscar, pues, una región accidentada… o por lo menos un hermoso valle…
Tanto empeño tiene en realizar su doctrina que invita a los cuatro vientos a los capitalistas y gentes adineradas para que participen al proyecto. En el restaurante donde comía, durante días y días, hacía instalar frente a él un cubierto preparado para recibir al capitalista que aceptara su invitación y fuera a la cita para tratar la puesta en práctica del programa.
Su fórmula de asociación no discriminaba. Los que aportaban el capital tendrían su retribución estipulada previamente. La falange fourierista era una sociedad por acciones en la que participaban tres factores: El capital con las 4/12 partes, el trabajo con las 5/12 partes y la inteligencia con 3/12 partes.
Nadie ha analizado mejor que Fourier, el parasitismo moderno, parasitismo que comprende categorías múltiples. Inclusive entre los hombres que se extenúan trabajando, cuántos hay de inútiles. Las experiencias que Fourier ha hecho durante toda su vida le dan argumentos para denunciar las taras comerciales y los desperdicios de las mercancías necesarias.
El fourierismo lo abarca todo. La policía era innecesaria, igualmente lo eran los cotos y las vallas. La educación alcanza metas muy atrevidas: “Fourier daba tanta importancia como Owen a educar a los niños en buenos hábitos y actitudes sociales; pero confiaba, sobre todo, no en conseguir que creyeran en lo que para el interés general convenía que creyeran, sino en guiarles para hacer, espontáneamente y gozando en su acción, lo que demandaban tanto sus propios deseos como el bien de la sociedad. Este fue el aspecto de la doctrina de Fourier que más atrajo a libertarios como Kropotkin y William Morris”.
El trabajo debía ejecutarse en la forma más agradable posible. Le desagradaba la producción en gran escala, la centralización, el automatismo. Daba gran valor a la vida que iba más allá de las horas de trabajo.
Difería de los que quieren cambiar el medio para cambiar al hombre porque alegaba que la naturaleza humana era inmutable. Su punto de partida era precisar que lo imprescindible es ofrecerle al hombre el medio social apropiado a esta naturaleza inmutable y no violentarlo como hace la sociedad a lo largo de la historia. Fourier clamaba el haber descubierto la “ley de atracción” entre los hombres.
El programa de Fourier lo encontramos en sus múltiples obras, entre las que destacan: Théorie des Quatre Mouvements (1808); Traité de l’Unité Universelle (1821); Sommaire du Traité de l’Unité (1823); Le Nouveau Monde Industriel ou Sociétaire (1829); Piéges et Charlatanisme des Sectes Saint Simon et Owen (1831) y La Fausse Industrie (1835).
Sus ideas se extendieron por varios países europeos y del cotejo entre ellas por un lado y el saintsimonismo y el owenismo por el otro, surgieron grandes polémicas en las que los fourieristas llamaban a los partidarios de Saint Simon y Owen plagiarios. En Inglaterra Hugh Doherty, con el título de The Passions of Human soul (Las pasiones del alma humana) (1851), vertió al inglés lo más descollante de las ideas de Fourier.
Empero, fue necesario de nuevo la presencia de una América pletórica y deseosa de novedades para que la utopía se convirtiera en realidad una vez más. Alberto Brisbane y Horacio Greeley, habiendo ya muerto Fourier, trabajaron fervorosamente para la creación de colonias, todas ellas de efímera vida, por cierto. Entre las más importantes estaba la Brook Farm Community, fundada por un grupo de intelectuales de Nueva Inglaterra en 1832.
Paul Louis: Cent Cinquante Ans de Pensée Socialista. Pág. 63. M. Riviere. París, 1936.
G. D. H. Cole: Historia del Pensamiento Socialista. Vol. I, pág. 79. PCEL, 1957.
En Francia, Godin también crea en Guisa su famoso “familisterio”, que lleva el sello inconfundible de Fourier, pero toca a Víctor Próspero Considerant el dar continuidad filosófica a la doctrina de Fourier, lográndolo magníficamente en sus obras: Manifeste de l’Ecole Societaire (1841), Le Socialisme devant le Vieux Monde (1848) y en muy particular modo La Destinée Sociale (1834).
En ninguna parte está bien elaborada la «Comuna societaria» como en los escritos de Considerant -dirá Max Nettlau-. En una palabra, del fourierismo partieron mil caminos hacia un socialismo libertario, y hombres como Elías Reclús, se sintieron atraídos toda su vida por esas dos ideas: asociación y Comuna; es decir su sentimiento les dijo que esas dos concepciones, ampliamente comprendidas, no constituyen más que una sola: el esfuerzo por organizar una vida armoniosa fuera de esa inutilidad nefasta: El Estado.
La influencia de Fourier en estos primeros atisbos socialistas modernos era compartida por Robert Owen en Inglaterra. Ambos, junto con Saint Simon, cargan con el calificativo de “socialistas utópicos”.
Sin embargo, qué lejos está Owen de aquellos utopistas que se conformaban a dar rienda suelta a su imaginación y hacían correr la pluma sobre el papel para legarnos sus sueños y sus anhelos. Su mística era para proyectarse en el mismo momento y toda su vida fue un batallar constante para convertir en hechos todo cuanto creaba su imaginación febril.
A los 29 años (1800) consigue la dirección y participación en el capital de la fábrica de algodón de New Lanark, que será su trampolín para lanzarse a la propagación de sus ideas de comunidad y de cooperativismo. Su vida fue jalonada de éxitos y fracasos, pero no llegaba a desanimarse nunca. La experiencia de New Lanark, con la reducción drástica del horario de trabajo, la abolición de la embriaguez, que era una epidemia social, el establecimiento de las primeras cooperativas que eliminaban el intermediario y abarataban considerablemente el producto; el origen de la primera escuela para niños que James Buchanan crea gracias al soporte de Owen, el mejoramiento de la vivienda de los obreros, todo ello son victorias sociales que van a convertirlo en un hombre admirado de trabajadores y políticos. New Lanark se convierte en un lugar de visita imprescindible para todos los que desean estudiar el mejoramiento social de las masas. Owen quiere ir más lejos, en su Report to the Country of Lanark (1820) ya precisa que no son las reformas sino las transformaciones lo necesario para la humanidad. En este informe desarrolla la teoría del valor-trabajo que tan oportunamente sabrá explotar Carlos Marx. Ya en 1813 había publicado su A New View of Society, or Essays on the Principle of the Formation of the Human Character (Nuevos aspectos de la sociedad o ensayos acerca de la formación del carácter), donde puede verse la discrepancia que cuando hemos hablado de Fourier se ha señalado entre los dos precursores del socialismo moderno. Owen quiere cambiar el medio para cambiar al hombre, en contra de Fourier que quiere proporcionar un medio ambiente que se ajuste a la verdadera naturaleza humana deformado por los ambientes actuales.
Los fracasos de Owen fueron varios. En 1825 invierte casi toda su fortuna en la adquisición y organización de la comunidad de New Harmony. Son cerca de 800 hectáreas compradas a la comunidad religiosa de los Rapites, en Indiana (EE. UU). Tres años más tarde Owen pierde cuatro quintas partes de su inversión o sea alrededor de 40,000 libras esterlinas.
Max Nettlau: La ANARQUÍA a través de los tiempos. Pág. 36. Guilda de Amigos del Libro. Barcelona, 1935.
G. D. H. Cole: Op. cit. Pág. 44.
No desespera y funda la de Queenwood en 1839, en los Estados Unidos también. Siete años más tarde se disuelve a su vez motivado por el choque interno de los inversionistas y los obreros que participaron en su creación.
En Escocia, cerca de Glasgow, y en Irlanda, en Ralahine, se crearon dos comunidades owenistas también (1825-1828 y 1831-1833, respectivamente) en las que Owen no tuvo participación.
El auge de la industrialización puso, por reacción, en auge el movimiento sindicalista; y se creó la “Gran National Consolidated Trade Unions” en 1833, que el gobierno reprimió muy duramente, al extremo que seis obreros de Dorahester fueron condenados en 1834 a reclusión en colonias penales por el delito de tratar de organizar una sociedad de trabajadores agrícolas. Estas convulsiones pospusieron a segundo plano el owenismo, y el propio Owen se sintió arrastrado por la mística del movimiento obrero por varios años, en la que se volcó resueltamente, colaborando a la creación de uniones y sindicatos y participando, en el seno de la “Sociedad para la Regeneración Nacional”, junto con Doherty y John Fielden a la campaña para la consecución de la jornada de las ocho horas.
Para la fase que nos ocupa diremos que las premisas de Robert Owen pueden sintetizarse así: La educación prepara la transformación social; la industria debe supeditarse a la agricultura y las comunidades deben tener una población que oscile en 500 y 3,000 personas; el trabajo es la fuente de la riqueza y los precios deben ser el resultado de la materia prima, su costo, y el tiempo empleado para transformarla; los “Bonos de Trabajo” pueden sustituir, para los efectos de transacción, el dinero; el comercio puede ser llevado a través del cooperativismo, y la producción igual.
Sin embargo, las ideas fundamentales de Owen eran pocas -dice G. D. H. Cole, quien pone de relieve, además la influencia que William Godwin ejerció en Owen-; la impresión de variedad que daba nacía de su celo infinito en aplicarlas. Su “socialismo” fue, sobre todo, resultado de dos cosas: de una opinión acerca del proceso de formación del carácter, que concibió o adoptó muy pronto a su vida, y de su experiencia como fabricante, primero en Manchester y luego en New Lanark. La opinión es esencialmente la misma que William Godwin había expuesto en Political Justice; parece probable que Owen no llegará a ella por sí mismo, ni leyendo a Godwin (no era gran lector), sino tomándola de alguien. En la década de 1790, en los círculos de gente avanzada, el godwinismo era muy conocido, y Owen, como miembro activo de la Sociedad literaria y filosófica de Manchester y como íntimo del círculo que se reunía alrededor de Hohn Dalton, el químico, en el Unitariam New College, tuvo que oír muchas discusiones acerca de las teorías de Godwin...
Owen influencio a todo el socialismo de la segunda mitad del siglo XIX, tanto el autoritario, con Marx y Engels al frente, como el libertario John Francis Bray, que llegará a resumir mejor que nadie las teorías de Owen, formuliza una serie de conceptos owenistas que en manos de Carlos Marx fueron materiales fundamentales para sus teorías sociales, tales como la que hace referencia a la plusvalía, la de que la estructura política era consecuencia de la economía, y Marx hasta se vale de Bray para argumentar contra Proudhon cuando escribe su Miseria de la Filosofía.
Aparte la influencia de Godwin en el andamiaje social de Owen tenemos, para ayudar al fortalecimiento de los cimientos anarquistas, su insistencia en las asociaciones libres, la propiedad en común de los medios de producción, su interés manifiesto en mantener siempre alejado al Estado de sus ensayos, y su firme voluntad de descentralización demostrada en el empeño de que sus asociaciones libres deberían contener entre 500 y 3,000 personas solamente.
G. D. H. Cole: Op. cit. Pág. 94.
Influenciado en mayor grado por Tomás Moro que por sus contemporáneos vemos a Etienne Cabet que logra convertir en realidad su utopía Voyage en Icarie (1840) y consigue, en 1848, que un buen grupo de entusiastas abandonen con él Francia para fundar “Icaria” en el centro mormón evacuado en Nauvoo, en Illinois.
La colonia llegó, en su momento de prosperidad a alcanzar una población de 1,500 habitantes y con muchos reveses y hasta el cambio de nombre (pasó a llamarse Nueva Icaria después) logró perdurar hasta 1895.
La utopía de Cabet se convirtió en realidad a base de dejar jirones del programa inicial y el principio de comunidad total tuvo que dar paso a un arreglo en el que tuvo cabida la propiedad individual.
Aparece en esta época un utopista completamente convencido de los ideales anarquistas. José Dejacques, quien publica en “Le Libertaire” de New York, en el curso de los años 1858-1859 su propia utopía, a la que llama Humanisferio.
Dejacques es un obrero, un empapelador-decorador que las jornadas de 1848 en París lo sorprenden con 28 años y una inquietud que lo lleva a empuñar el fusil y a purgar su rebeldía en la cárcel durante un año. De ahí sale revolucionario convencido y lo continuará siendo hasta el día de su muerte, en 1867.
Su Humanisphere está compuesto de tres partes. La primera está dedicada al pasado, en el que la piqueta demoledora de Dejacques se ensaña. Su segunda parte empieza así:
¿Qué es una utopía? Un sueño no realizado, pero no irrealizable. La Utopía de Galileo es ahora una verdad, ha triunfado a despecho de la sentencia de sus jueces: la tierra gira. La utopía de Cristóbal Colón se ha realizado a pesar de los clamores de sus detractores: un nuevo mundo, la América, ha surgido a su conjuro, de las profundidades del Océano. ¿Qué fue Salomón de Caus? Un utopista, un loco, pero un loco que descubrió el vapor. ¿Y Fulton? También un utopista. Pregunten más bien a los académicos del Instituto… Todas las ideas innovadoras fueron utopías en su nacimiento.
Dejacques trasporta lejos su Humanisferio. Interpone un puente de dos mil años entre su gestación y su realización: “Diez siglos han pasado sobre la frente de la Humanidad. Estamos en el año 2858…”. “Todo lo actual es remoto, prehistórico. La misma civilización es arcaica: La Utopía anárquica es a la civilización lo que la civilización es al salvajismo”.
El mundo es ya perfecto casi. La armonía rige las acciones de los mortales, bien que la imaginación de Dejacques, en lo que a la técnica respecta, se queda en pañales, lo que nada tiene de extraño cuando vemos los rezagados que también quedaron Well y Bellamy y a pesar de sus condiciones científicas. Dejacques ve aún carruajes y caballerías, vehículos anacrónicos y edificios que la urbanística y la arquitectura actual ya han superado.
Empero, el valor social del Humanisferio reposa en las concepciones de tipo estructural y ético:
Entre los hijos de este nuevo mundo no hay divinidad ni papismo, ni realeza, ni dioses, ni reyes, ni sacerdotes. No quieren ser esclavos ni amos. Siendo libres no tienen otro culto que el de la libertad; de modo que la practican desde la infancia y la confiesan en todos los momentos y hasta en los últimos instantes de su vida. Su comunismo anárquico no tiene necesidad ni de biblias ni de códigos; cada uno de ellos lleva en sí su ley y su profeta, su corazón y su inteligencia. No hacen a otro lo que no quisieran que otro les hiciera. Queriendo el bien para ellos, hacen el bien para otros.
Joseph Dejacques: El Humanisferio. Pág. 62. La Protesta. Buenos Aires, 1927.
Allí, en esa sociedad anárquica, la familia y la propiedad legales son instituciones muertas, jeroglíficos de los que ha perdido el sentido; una e indivisible es la familia, una e indivisible es la propiedad. En esta comunión fraternal, libre es el trabajo, libre es el amor.
En el Humanisferio, nada de gobierno. Una organización atractiva ocupa el lugar de la legislación. La libertad soberanamente individual preside a todas las decisiones colectivas. La autoridad es nociva. Es el suicidio individual: Consulten sus recuerdos y verán que la más grande ausencia de autoridad ha producido siempre la suma más grande de armonía. En el hombre es la enfermedad la que produce la abstracción de un conducto; en las multitudes es la policía y la fuerza armada; la enfermedad lleva entonces el nombre de autoridad. La ANARQUÍA es el estado de salud de las multitudes.
Sin etiqueta socialista pero profundamente emocionado de la miseria que aqueja a la mayoría de los seres humanos, entre en palestra el húngaro Theodor Hertzka, que nos ofrece en 1890 Freiland, ein sociales Zukunftabild. (Tierra Libre, una imagen del futuro). El mismo nos dirá: “Evidentemente estos hombres no representan nada para mí, pero tienen hambre, frío y languidecen en la miseria y la humillación. El pensamiento que es mi deber correr en su ayuda no me deja tranquilo”.
Removió cielo y tierra para conseguir los fondos necesarios a la instalación de su “Tierra Libre” en el África, donde se halla el altiplano de Kenya, pero los obstáculos legales opuestos por diferentes gobiernos hicieron fracasar el proyecto y no se llevó nunca a la práctica.
Hertzka trazó un sistema completo también con leyes de avanzada social como podemos ver:
Art. I. Todo habitante tiene los mismos innegables derechos a la tierra comunal y al conjunto de los medios de producción.
Art. II. Las mujeres y los niños, los ancianos y los inválidos tienen derecho a ser mantenidos según el nivel de la riqueza general.
Art. III. Nadie puede verse obstaculizado en el ejercicio de su libre libertad individual, salvo que su acción no perjudique los intereses y los derechos de los demás.
El humanismo de Hertzka queda de manifiesto cuando pone en boca de uno de los protagonistas lo siguiente:
“Nunca he oído decir el que nadie haya eludido su propio deber ni el que un hombre capaz haya eludido el trabajo. Para los que no quieren trabajar tenemos gran compasión y no los dejamos morir de hambre”.
Hugo Fedeli, en su Un Viaggio alle Isole Utopie (1958) se refiere a la Tierra Libre y dice que “La utopía de Hertzka es quizás aquella que más que cualquiera otra, basándose en la experiencia de la vida actual y los hombres tal cual son hoy en día, se aproxima a un ideal liberal-socialista”.
J. Dejacques: Op. cit. Pág. 77.
J. Dejacques: Op. cit. Pág. 80.
J. Dejacques: Op. cit. Pág. 104.
A pesar del desbroce que hemos efectuado a través de la literatura utopista escrita en el siglo XIX es obligado que algunos autores queden marginados, tales como Bulwer Lytton que escribiera The Coming Race (1871), Samuel Butler autor de Erewhom y Erewhom Revisited (1872 y 1901 respectivamente) y, sobre todo, Edward Bellamy, que fue particularmente prolijo en su Looking Backward (1888), vertido al castellano bajo el título de En el año 2,000. Ha sido una omisión premeditada porque hemos considerado que el contenido de estas utopías descuidan aquella parte ético-social sobre la que hemos tratado de insistir al querer demostrar que la mayoría de los visionarios de regímenes futuros tienden a eliminar la autoridad y la propiedad privada en beneficio de una mayor libertad, una estructura más equitativa de la sociedad y el máximo desarrollo de solidaridad. El propio H. G. Wells, que publica sus obras a principios del siglo XX. Anticipations (1901), A Modern Utopia (1905).
New Worlds for Old (1908), y muchos trabajos más, nos desconcierta con las veleidades que enmarca su carrera fantasista que desde The Time Machine (1895) hasta su última obra Mind at the End of its Tether (1945) nos lleva del optimismo al pesimismo, pasando por el maquinismo, el fabianismo y la fe en lo trascendental, debido a lo cual tampoco hemos querido citarlo a pesar de reconocer la importancia y la solidez de su obra.
Al que no podemos marginar bajo ningún aspecto porque cierra con broche de oro la secuencia utopista del siglo XIX es William Morris, quien escribiera en 1890 su muy comentada obra News from nowhere (Noticias de ninguna parte).
Es la descripción de una utopía más que llega a nosotros a través del diálogo que sostiene el visitante que llega desde nuestra sociedad, a la Tierra Prometida. Este pregunta: “¿Cuál es el milagro de esta sociedad que da libertad, bienestar y felicidad a todos sus miembros?, y los habitantes de Ninguna parte van narrando las condiciones de vida que el pensamiento anarquista de Morris, sensible en extremo por su condición de artista y artesano en la vida común, va desdoblando.
Tres condiciones son necesarias para que el ser humano se sienta plenamente satisfecho: Una obra digna de ser realizada; una obra que guste a uno mismo, y una obra hecha en condiciones que no signifique un exceso de cansancio y de dolor.
A la vez, en una sociedad libre y organizada de acuerdo con los máximos deseos de felicidad, otras tres cosas deben poder hallarse en ella: Un trabajo que agrade y dignifique al ser humano; una vivienda sana y bella, y el tiempo necesario para el descanso del cuerpo y el espíritu.
En Ninguna parte Morris establece la coacción moral como principio de conducta en lugar de la obligación material. Todos trabajan porque encuentran felicidad y bienestar en la actividad. La sociedad no tiene gobierno:
El gobierno -dirá Morris-, resultado necesario de la tiranía insaciable, sin límites en aquellos tiempos (los actuales) era mecanismo de la tiranía. Ahora, ésta ha terminado y no es necesario tal mecanismo; no podemos utilizarlo puesto que somos libres. Por ello, en el sentido que se daba a la palabra, nosotros no tenemos gobierno.
En las reuniones tratan de llegar a la unanimidad y si hay discrepancia, dentro de lo posible, dejan la discusión para otra asamblea y en el intervalo los hombres habrán intercambiado nuevas ideas que posibilitan la unanimidad en el próximo comicio. En la segunda asamblea, caso de que quede una minoría discrepante, casi siempre ésta conviene en sumarse a la voluntad mayoritaria pero, en caso contrario, se va a una tercera.
William Morris: Noticias de Ninguna Parte. Pág. 100. La Protesta. Buenos Aires, 1928.
Morris no quiere colocar en Ninguna parte una perfección absoluta, y admite la presencia de la discrepancia y hasta del atropello. En tal caso, en lugar de estimar que existe un culpable se considera que hay un equivocado, un amigo que ha procedido mal: “En una sociedad en la que no hay que evitar castigos, vencer a los reyes, el remordimiento sigue a la infracción”.
Con Morris hemos llegado a la vuelta del siglo XIX. La técnica y la ciencia tomarán el siglo XX al asalto y rebasarán sorpresivamente las creaciones de todos los utopistas, incluidas las subyugantes quimeras de Julio Verne.
En este siglo vendrán nuevos utopistas a tratar de dar continuidad a esta rama social literaria, pero el avance científico fuerza a este estilo retirarse resueltamente hacia el pasado.
La versión futurista del siglo XX tendrá giros menos alentadores y mucho más pesimistas que los vertidos por la rigidez de un Campanella. Aldous Huxley nos hará añorar un pasado de naturaleza, amor y humanismo al ofrecernos su Brave New World (Un Mundo Feliz), donde todo está cronometrado y dirigido, clasificado y previsto. La aparición de un salvaje en la obra hace el efecto, para el lector, de un oasis inesperado y no por ello menos deseado.
Goerge Orwell nos llevará mucho más lejos en el terreno de la congoja en sus 1984 y Animal Farm.
El futuro nos ofrece visiones cada vez más aterradoras. La computadora, el robot, la máquina con inteligencia ponen en evidencia cómo una ciencia y una técnica en las que tantas esperanzas depositaba el utopista del siglo pasado se yerguen omnipotentes terminando con prescindir del hombre o convirtiéndolo en su esclavo.
De las utopías del siglo pasado recibidas en lejano, ninguna, de las optimistas, ha logrado mantenerse en pie. La técnica lo ha desarrollado todo, medio salvándose, de refilón, el genial Julio Verne. Bellamy y cuantos cantaron el año 2000 demostraron la más inapropiada de las timideces que la tecnocracia de los últimos tiempos ha podido pisotear y escarnecer en su prodigioso salto científico y técnico.
La utopía ha sido substituida por la ciencia-ficción o una ficción que pretende ser científica. En este campo han despuntado escritores de gran imaginación, algunas de cuyas visiones parecen realizables para más adelante y hasta las canalizan fuera del empirismo en lugares genuinamente científicos, como lo es, entre otros, el Smithonian Institut.
El tecnicismo va más rápido que la más fértil imaginación. Dice Bernard Weinraub, corresponsal de “The New York Times”, que “para mediados de 1972 los archivos policiales tendrán computadoras en Suecia” y Lord Ritchie-Calder, escritor y hombre de ciencia, dice con preocupación: “Estoy cada día más alarmado por el grado en que nos estamos volviendo puras cifras”. El antiguo Secretario de la O. N. U., U. Thant, presentó un informe titulado: La aplicación de la Tecnología de computadoras para el desarrollo donde decía, entre otras cosas, que existe “el temor de que las computadoras contribuyan a la probabilidad de una sociedad futura dirigida por tecnócratas…”
El remolino de la destrucción se hace incontenible. La técnica proporcionará la fabricación de las armas atómicas a precio de baratija, colocando a la humanidad ante un dilema mucho más irónico que el del asno de Buridán: o morir de explosión atómica o de explosión demográfica.
Sociedad bien negativa resulta, pues, la nuestra cuando no le quedan variantes para que el constructor de utopías vaya elaborando regímenes de armonía entre los humanos.
“Utopías y anarquismo” de Víctor García

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